Son esas cosas peludas que hacen un desastre en la casa, van de aquí para allá y de allá para acá. Son divertidas, peludas, caóticas y nos ayudan a manejar la ansiedad y el estrés. Aparte de ser adorables y de buena compañía, nos ayudan a ser mejor persona*.

Hacen su llegada
En los casos que he visto y he sido testigo, muchos concordarán en que aparecen de la nada. Desde encontrarlos abandonados en la calle, a algún cercano simplemente regalárnoslo. Muchas son las historias de cómo una mascota hace su llegada a una familia. Pero algo es seguro, la mayoría no los busca.
En mi caso, un conocido de mi padre llegó un frio día de agosto del 2014, aunque otras bocas dirán que fue un mes del 2015. Llegó una noche con dos gatos de la raza Korat. Recuerdo bien sus palabras al presentar a las dos gatas, que luchaba por mantener quietas: “Esta es juguetona y esta otra es más vía pa’ la wea”, o algo así fue.
Mi padre rápidamente salió de escena, recuerdo que subió las escaleras con una cara de preocupación y angustia. Mi madre, por otro lado, no sé qué hacía, pero todo quedó en manos de mi hermana, la cual seleccionó a la inteligente de las dos especies.
El acercamiento a la criatura
Los primeros días no los recuerdo; al final, éramos pequeños y tener un animal era increíble. Más aún en nuestra familia, que durante un tiempo había estado perdiendo esa luz de unidad.

Pero esa gata, esa cosa peluda gris que se asemejaba a una roca cuando se acurrucaba, nos unía cada vez más. Para molestarla, acariciarla, hablar de sus travesuras y de muchas otras cosas. Cómo organizarnos para mantenerla con nosotros, ya que nos daba miedo que escapara. Y sí, nuestro padre la aceptó rápidamente.
Es una pena no poder recordar esos tiempos de cuando recién llegaba a nuestras vidas; me hubiese gustado mucho haberle tomado más fotos de cuando estaba chica. Fotos del ahora no faltan.
El día a día
Esto sí que lo recuerdo bien: ver a la gata era un evento digno de celebración. Cada vez que bajaba a comer, nosotros y en orden celebrábamos su llegada. Sobre todo cuando bajaba por la escalera, ya que sus patitas sonaban melodiosamente mientras hacía su épico descenso.
También una de las cosas que recuerdo era que nos visitaba, o sea, dirigía su alma a alguno de nosotros. Y de las que más nos hacía hablar era cuando visitaba a nuestro padre, el cual tiene un taller en el patio delantero de la casa. Allí se podría ver a este espécimen junto a mi padre; se acostaba donde se le daba la gana, y mi papá nunca interfería con sus asuntos gatunos. Con este comportamiento, de no ser molestada por ninguno de nosotros, nació la frase entre la familia: “¡Ah! Pero díganle algo”.
Las noches eran más cálidas; ella se turnaba en las camas. Algunas noches con los progenitores, y de vez en cuando con uno de los dos hermanos. La criatura disfrutaba mucho la pieza de mi hermana, y mi hermana algunas veces se molestaba con la presencia del espécimen, ya que tomaba la posición territorial mas incomoda, como el mousepad, encima del teclado, o en la almohada de la cama. Al igual que yo, o mis padres, en ciertas ocasiones nos molestaba su presencia. Era algo confuso; de todas formas, la amamos mucho. Y muchas fotos fueron creadas de ello; nos encantaba, sobre todo, cuando dormía en las almohadas. Ya que cada noche, antes de que todos fuéramos a dormir, la abominación se tomaba una almohada, aleatoriamente, sobre todo en la pieza de nuestros padres. Y no era cuando nos íbamos a dormir que en la casa resonaba el “¡Ah, no! Esta gata weona ya se acostó en mi almohada”.
Todos nos reíamos y luego la íbamos en una carrera a ver la escena del crimen. Y sí, allí estaba. Algunas veces se veía plácidamente durmiendo; otras veces miraba fijamente, como retándonos a hacer algo al respecto. Otras veces solo yacía ahí, haciéndose una limpieza.
Sus baños eran raros; no sé si aplican a todos los gatos, pero esta siempre se langueteaba cerca de su cuello, en su panza y patas. Y ya. Ocasionalmente, le ayudábamos acercándole la cola a su boca. Ella, de forma mecánica, comenzaba a lamerla e inclusive morderla. Eso era muy tierno de ver y de participar.
Fueron días de gloria; a mí siempre se me pasaba el pensamiento que era algo como “Qué extraño, tenemos un gato en la casa”. Esto aparecía en mi cabeza cada cierto tiempo, y me levantaba sin falta a molestar a la celebridad, en donde quisiera que estaba, la buscaba, localizaba y atacaba sin más.
Una de las cosas que todos compartíamos eran los famosos cabezazos. Cuando regaloneabamos con ella, bastaba acercar nuestra cara para que ella la chocara contra la suya. Era muy lindo. Tenia su fuerza y algunas veces nos preocupaba ese tierno choque.
Era bien raro, una mascota peluda. Que nos acompañaba. Y que también mal acostumbramos en ciertos aspectos:
- Morder los cables de los cargadores de nuestros teléfonos, si eran de color blanco mejor. Este lo aprendió de mi papá, que la hacia jugar cuando pequeña con los cables estos.

- Tomar agua del grifo de la ducha. Y este es un clásico, también, seguramente, lo aprendió de nuestro padre. Si que es mala junta.
- El plato siempre debía estar lleno. No se si lo aprendió, ni siquiera se si era tan así. Yo tenia una conclusión. Cuando ella comía, atacaba el centro del plato, lo que hacia que esa parte se hundiera, la comida quedaba en las orillas, y estas chocaban en sus bigotes. Por lo que creo que le causaba incomodidad. Por eso siempre debía estar lleno. De hecho, probaba esta hipótesis empujando la comida del plato al centro, y si. Así se ponía a comer.
- En invierno cuando la estufa era encendida, ella se quedaba en frente. Muy cerca, no para quemarse pero lo suficiente para preocuparnos. Aunque la empujábamos o le poníamos algo que la obstruía, ella volvía. Como burro al trigo.

- En invierno, también, se acostaba debajo de las tapas de las camas. Ella sólita, de forma muy ágil calculaba el salto perfecto para levantar la tapa y quedar entre ellas.
- En invierno tenia la manía de acostarse sobre mi regazo. A mi algunas veces me molestaba, era pesada, y sus garritas las incrustaba sin misericordia en las rodillas. Pero si que era algo tierno, y digno de discutir. Yo viendo tele, compartiendo con la familia, y ella llegaba. Se quedaba mirándome, sentada en frente de mi de forma sospechosa, al lado de mis pies. Esperaba el momento exacto para encontrarme con la guardia baja para abalanzarse sobre mi. Y ni modo, la aguantaba. Y obvio, acariciaba y disfrutaba de su compañía.
Nosotros también la molestábamos a ella. Tal como ella lo hacía con nosotros con sus ocurrencias. De ello apareció la definición “amuñucar” dentro de nuestro núcleo familiar. Mi padre sobre todo la amuñucaba mucho; cuando estaba pegándose su siesta, él llegaba y la amuñucaba. O yo cuando la veía me acercaba y le daba unos aparentemente fuertes golpes en su obeso cuerpo, pero eran gentiles y ejecutados con cuidado. Eso me gustaba, porque todos decían que no lo hiciera.
Sin duda, ella era toda una estrella. Todos la amábamos, mi madre, que si bien no se le veía mucho darle amor, ella le compraba la comida, le servia la comida y de vez en cuando le daba unas caricias llenas de amor, junto con una charla.
Los días finales
Un lamentable día de febrero del 2024, nuestra gata enfermó. Nunca supe la enfermedad que acogió en su cuerpo. Y ya no lo quiero saber.
Esos días fueron algo complejos, moralmente para mí fuertes. En mi cabeza peleaban continuamente dos pensamientos, que, hasta el día de hoy, siguen luchando en esta larga fase de duelo interminable.
Nuestra gata sufría de una especie de asma. Su nariz se congestionaba a tal punto que se le hinchaba. Hasta el punto de que se le rompía, y de allí secretaba pus. Cuando esto pasaba, estaba siempre acostada, y sola en una pieza que tenemos para las visitas. Sola, sin energía. Casi no se levantaba, ni para comer, ni para tomar agua, ni para visitarnos.
Los días después fueron de lo peor: exámenes, tratamientos y muchos remedios. Las noches eran dolorosas y llenas de estrés. Esta mascota luchaba con todas sus fuerzas para no tomar su medicación. A mí me estresaba del mismo modo que esto le estresaba a ella. Me partía el alma; sé que era por su bien, pero seamos claros, un animal eso no lo sabe.

No me gusta pensar en esos momentos cuando la recuerdo o quiero recordar. Hasta el día de hoy me parte el alma todo lo que hice y no hice para ayudarla a mejorar. Todo por culpa de los dos pensamientos que me atravesaban:
- Mantenerla con vida es egoísta.
- Si ella pelea es porque tiene ganas de seguir viviendo.
Es egoísta mantenerla
Tener a un animal que sufre día a día por su enfermedad no es humano, pero el animal solo desea vivir. En el caso de un gato, se sabe que se aleja de los demás cuando cree que es su momento de morir. Por lo que acepta su realidad. Ya que encontrarla sola era común.
Era mejor su partida, poder liberarse de este plano que solo le generaba dolor. Y este fue el pensamiento que para mí ganaba en la lucha.
Es cobarde no luchar
En cierto modo, este fue el pensamiento que se implantó en mi familia. Sobre todo en mi papá y mi hermana. Una de las cosas que me llamaba la atención cuando le daban sus medicinas era cuando esta cosa luchaba contra ellos con tal de no tomarlas. Era increíble la fuerza con la que luchaba, esa energía. Que todos notábamos y exclamábamos: “Gata weona, ¿cómo es tan fuerte?»
Era el camino común; por otro caso que conocí, es el más elegido. Luchar para que se mejore, para seguir teniéndola entre nosotros, para seguir disfrutando de su compañía.
El día del adiós
Se decidió realizar una eutanasia, esto fue el 15 de abril de 2026. Era una clínica veterinaria en Puente Alto, algo lejos de donde vivíamos.
Fue un día de silencio; yo estaba con mi madre en la casa, mientras mi padre y mi hermana estaban en la veterinaria. Ese día nuestra querida mascota estaba muy mal, y la encargada de nuestro caso decía que ya no se podía hacer más, y que su estado era crítico. Por lo que esa operación era lo más sensato en este punto. Así que tuvimos que ir hacia aya, para despedirnos y ser testigo de un procedimiento que quita un alma y una parte a todos nosotros.
Llegamos a casa en silencio. Creo hablar por todos que lo que pasaba por nuestra mente en ese momento era que no podríamos creer lo que había pasado. Yo estaba deshecho, hasta el punto en que no pude contenerme más.
After life
El día a día es ya normal después de un tiempo; seguimos recordándola de vez en cuando. Su memoria sigue en esta casa y en cada uno de nosotros. En cierto modo me alegra su partida; saber que ya no sufre, y que ahora su presencia seguirá con nosotros hace el ahora es más llevadero. Tenemos muchas fotos para el recuerdo; yo en la nube tengo un álbum que aún no he terminado de ver, con más fotos del espécimen que de mí o mi familia.
Sin duda fue lindo tenerla. La recordamos casi a diario, cada uno de nosotros a su manera, y a veces entre todos nos ponemos a hablar de esos días. De sus travesuras, de sus malas costumbres y de muchas otras cosas. Como cuando viajábamos y a ella no le gustaba. O como de cuando se podía oír sus garras cuando caminaba por el piso flotante.
De todas formas, en cierto modo, es difícil creer que teníamos un gato en casa.




Esta entrada sale de lo común de este blog, realmente quería escribirlo y compartirlo con quien sea que lo lea. Espero respeto y discreción, es un tema para mi delicado.